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Marcela Otero

Espero no aburrirte con mi historia. Soy una persona normal como muchas otras, y si comparto parte de mi vida contigo es para que me conozcas. Creo en que la gente puede mejorar con la ayuda de Dios a través de otras personas. Si de alguna manera piensas que yo podría ayudarte, será una bendición para mí.

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Marcela Otero

Desde pequeña viví con muchos temores.

A los 3 años de edad, tuve una fuerte infección que me llevó al hospital. Después de unos días la infección no cedía, y los médicos ya habían hecho todo lo posible por salvarme. Incluso me inyectaban directamente en la yugular porque no encontraban las venas de tan delgada que estaba.

Fue tan grave, que los médicos me desahuciaron. Le dijeron a mis padres que no tenia caso tenerme hospitalizada ya que difícilmente amanecería viva.

Llegando a casa, mi mamá desconsolada me dejó en brazos de mi papá y salió llorando e insistiendo en su pensamiento “No puede ser así”, “No es justo, si es tan chiquita”, “Ella merece vivir”. Pensó: “Debe haber algo que logre que mi bebé se recupere”. Mi mamá me decía que le pidió a Dios con todo su corazón que me salvara de morir.

Comenzó a sentir una fuerza dentro de ella que conforme caminaba y repetía estas palabras para sí, llegó a una pequeña farmacia; entró y aún llorando le dijo al hombre que la atendió lo que estaba pasando. Le explicó lo que los médicos habían dictaminado pero ella no estaba de acuerdo con esa decisión y le pidió ayuda. Ese hombre le recomendó un medicamento muy común en esa época y le dio instrucciones de cómo usarlo. Ella creyó fuertemente en su corazón que Dios le devolvería la esperanza de verme viva. Y así fue, al siguiente día seguía viva.

Fui creciendo y difícilmente me enfermaba. Sin embargo, era tan delgada que era el blanco perfecto de burlas y comentarios respecto a mi físico. Palabras “sin pensar” llegaron a hacerme sentir que podría “romperme”. Creció en mí una inseguridad tal, que mis pensamientos eran constantemente de tristeza y soledad. Hasta llegué a pensar que mi madre me hubiera dejado morir.

Era común para mí aceptar que la vida era difícil, muy complicada y solamente en los cuentos de hadas podría existir la verdadera felicidad.

Llena de creencias equivocadas, llegué a creer que Dios era cruel y el temor que le tenía me alejaba cada vez más de Él. Me enseñaron y mostraron un Dios religioso, uno que en realidad no existía en mi vida porque no lo conocía. Me preguntaba constantemente cómo era posible que por una parte me dijeran que Dios era bueno y por otro lado yo no sentía nada de ese amor.

Pasé por una serie de situaciones, unas difíciles y otras muy buenas. Y en mis pensamientos me preguntaba constantemente ¿Por qué estoy viva?, ¿Qué fue lo que realmente pasó cuando mi madre no se dio por vencida? Muchas preguntas daban vueltas en mi cabeza mientras seguía viviendo.

Cometí muchos errores y creí ciegamente en todo lo que me decían porque confiaba en todos menos en mí. A pesar de ver que muchas cosas no eran buenas, me dejé llevar en ocasiones por la falta de seguridad que vivía en mí. Hacer daño era muy fácil, así como fue fácil que me dañaran “sin pensar”. Juzgar a otros llegó a ser parte de mi vida. A fin de cuentas era lo que había aprendido. Tomé decisiones equivocadas. Pisé fondo, como dicen para alguien que ya no puede bajar más. Al llegar a ese punto lo único que podía hacer era impulsarme hacia arriba o quedarme en ese fondo y vivir en constante depresión y tristeza.

Decidí aprender el arte de vivir y comencé una búsqueda para encontrar respuestas a cada pregunta que me hacía. Tomé cursos, aprendí sobre varias religiones y leí muchísimos libros. Soy Coach personal certificado y aún asi, sentía que algo me faltaba.

En la búsqueda, encontré que sí existe la vida plena, la esperanza de obtener un cambio positivo respaldado por el Dios verdadero que antes no conocía.

Me di cuenta de que la única manera de aprender más rápido y cambiar mis condiciones era gracias al conocimiento de Dios a través de las Escrituras “La Biblia”. Aprendí que jamás dejas de adquirir conocimiento, comenzando por conocer a Dios, he sido  llena de satisfacciones que nunca pensé que existirían.

La Escuela no tiene límite ni fin, sobretodo en la “materia de vivir”.

Apliqué este aprendizaje utilizando un poder que estaba dentro de mí, ese poder que Dios me otorgó por amor. Comprendí que tantas cosas vividas tenían un por qué. A Dios no se le escapó nada.

Ahora puedo ver.

Ahora comprendo por qué estoy viva; por qué me casé y por qué pasé por un divorcio; por qué fui tratada como me trataron; por qué de mis éxitos y mis fracasos. He ganado seguridad y confianza. Dios me enseñó a amar y a perdonar fácilmente.

Vivo una vida plena y en armonía. Me he vuelto a casar y siempre estoy dispuesta a corregir lo que haga falta corregir.

Espíritu, alma y cuerpo.

Comprendí que el equilibrio en la vida nos puede dar esa estabilidad que anhela nuestro corazón. Somos Espíritu, Alma y Cuerpo; y cuando buscamos aprender a equilibrar lo que somos, la vida es increíblemente maravillosa. Poner y quitar, hacer cambios, aprender y aplicar lo aprendido, es una tarea de cada día y bastante emocionante.

Estoy dispuesta a dar, a ayudar y a impactar de manera positiva la vida de quien esté dispuesto a aprender de Dios y conocer todo lo que El puede hacer en nuestra vida.

No tengo temor, Dios me ha liberado de toda esclavitud. El es bueno y para siempre es su misericordia.

“Esta es parte de mi historia, yo soy Marcela Otero

 Marce Otero

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